9.23.2012

Donde va la pasta del plan MINER

 

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4 millones de € en columpios para abuelos

 

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3.01.2012

La nueva guerra fría ya ha comenzado en Siria.




Robert Fisk. The Guardian. 25/02/2012.


Si Irán obtiene la capacidad de fabricar armas nucleares. “Pienso que otros países de Oriente Medio querrán desarrollar armas nucleares”.

Así tronó nuestro querido Ministro de Asuntos Exteriores, William Hague, en una de las mejores perogrulladas que ha proferido nunca. Como Hague parece dedicar buena parte de su tiempo a interpretarse a sí mismo, no estoy muy seguro de cuál de los personajes, si Míster Hague  o Hague, hizo esta declaración.

El fallo número uno, por supuesto, es que Hague-Hague olvida señalar que ya hay otro “país” en Oriente Medio que, de hecho, ya tiene varios cientos de armas nucleares, junto con los misiles para dispararlas. Se llama Israel. Pero Hague-Hague no mencionó este hecho. ¿No lo sabía? Claro que lo sabía. Lo que estaba tratando de decir, saben ustedes, es que si Irán persiste en producir un arma nuclear, los estados árabes - estados musulmanes - querrían conseguir una. Y eso nunca lo haría. Por supuesto, no se le ocurrió la idea de que Irán podría desarrollar armas nucleares porque Israel ya las tiene.

Ahora bien, como una nación que vende miles de millones de libras de material militar a los países del Golfo –con la idea de que puedan defenderse a sí mismos de los inexistentes planes iraníes para invadirlos- Gran Bretaña no está realmente en condiciones de prevenir a nadie de la proliferación de armas en la región. He estado en las ferias de armas del Golfo, donde los británicos exhiben alarmantes películas sobre un país "enemigo"  amenazando a los árabes -Irán, claro está - y la necesidad que tienen estos pobres árabes de comprar más equipo a British Aerospace y al resto de nuestros mercaderes de la muerte.

A continuación, en la charla de Hague-Hague, viene el asesinato de la Historia. Advierte de "el proceso de proliferación nuclear más grave desde que se inventaron las armas nucleares", que podría traer "la amenaza de una nueva Guerra Fría en Oriente Medio", que sería "un desastre en los asuntos mundiales". Ya sé que, ahora, Hague-Hague se sienta en el salón del trono de Balfour y Eden -ambos pseudo-expertos en Oriente Medio- pero ¿de verdad tiene que contar la historia tan mal? Sin duda, el proceso  más grave de la proliferación nuclear se produjo cuando la India y Pakistán consiguieron la bomba, teniendo en cuenta que éste último es un país que está inundado de grupos de Al Qaeda, talibanes autóctonos y gente de inteligencia poco fiable.

Sin embargo, estuvo bien que volviera a asegurarnos que "no estamos a favor de la idea de que nadie ataque a Irán por el momento". O sea que, a lo mejor, más tarde sí. O tal vez después que el presidente Assad acabe cayendo, lo que privaría a Irán de su único - y valioso - aliado en Oriente Medio. Que sospecho que es lo que hay detrás de tanto clamor y tanta rabia contra Assad. Deshágase de Assad y herirá de muerte a Irán -otra cosa es que eso induzca al chalado de Ahmadinejad a convertir sus plantas nucleares en fábricas de leche maternizada. Ahí está el problema. Las potentes voces que exigen la salida de Assad suben de volumen mientras se niegan a involucrarse militarmente en su derrocamiento. Cuanto más se comprometen a que la OTAN no va a intervenir en Siria - cada vez que afirman que no puede haber una "zona de exclusión aérea” sobre Siria – con más furia atacan a Assad. ¿Por qué no se decide de una vez  a jubilarse en Turquía, dejar de hacer teatro y de avergonzarnos a todos machacando su país con bombas, fuego de francotiradores y miles de asesinatos -entre ellos, de periodistas-, mientras rabiamos inofensivamente desde nuestro sillón?

Huelga decir que, Hague-Hague sigue con su palabrería sobre Siria, y a la vez,  presumiblemente, no "favorece la idea de que nadie ataque a Siria en este momento". Y ésta es la apestosa realidad para el Secretario del Foreign Office. Precisamente, fue denunciando la muerte de Marie Colvin esta semana - la vi por última vez en los últimos y alegres días de la revolución egipcia, dirigiéndose, como de costumbre, hacia las explosiones de las granadas de gas-, pero cientos de otros seres humanos inocentes han sido cruelmente asesinados en Siria sin merecer ni un susurro de Hague-Hague. Y algunos de ellos han sido asesinados por la oposición armada a Assad; el asesinato de alauitas por sunitas se está convirtiendo en algo espantosamente familiar; tanto como la masacre de civiles por el fuego de artillería del gobierno sirio, que se ha convertido en una plantilla para esta terrible guerra.

No, nosotros no vamos a involucrarnos en Siria, muchas gracias. Debido a que la nueva Guerra Fría en la región sobre la que Hague parlotea ya ha comenzado en Siria y no en Irán. Ahí los rusos se han alineado contra nosotros, apoyando a Assad y denunciándonos a nosotros. La reacción exacta que espera Putin ante la sustitución de Assad es un misterio. Una "nueva" Siria tampoco tendría por qué ser la democracia pro-occidental que les gustaría ver a Hague-Hague y otros.

Los sirios, después de todo, no olvidarán la forma en que los británicos y los estadounidenses aprobaron en silencio la masacre infinitamente más terrible de los 10.000 sirios suníes de Hama en 1982. De hecho, hoy se conmemora el 30 aniversario de ese ataque, que tuvo lugar por las Brigadas de Defensa del Tío de Bashar al-Assad, Rifaat.

Pero, igual que Hague-Hague, Rifaat también tiene un doble que, lejos de ser el asesino de Hama -un término que él rechaza furiosamente- ahora es un amable caballero  retirado que vive con clase y protección muy cerca del despacho de Hague-Hague. De hecho, si Hague-Hague gira a la izquierda al salir del Foreign Office y pasa a través del desfile de la Guardia Real, puede dejarse caer por ahí y saludar al propio Rifaat en -¿dónde iba a vivir si no?- Mayfair. Eso sí que sería un desastre en los asuntos mundiales, ¿no?

2.06.2012

Mapa de Siria

10.28.2011

¿Dónde se encuentra la primavera árabe?

 

A requerimiento de Loca Academia de Vaders y para no acabar como sus extintos políglotas, he traducido el enlace de Le Monde Diplomatique al cristiano, ordenando los países por orden alfabético:

Arabia Saudí:

Gracias a su opulencia financiera, el reino ha podido limitar los efectos de las protestas que han agitado el mundo árabe. Depués de las primeras manifestaciones organizadas en marzo, el rey Abdallah anunció una serie de medidas destinadas a desactivar preventivamente cualquier protesta.

El 25 de septiembre, el rey decidió conceder el derecho a voto a las mujeres, a raíz de un amplio movimiento en este sentido organizado principalmente a través de las redes sociales.

Argelia:

Tras las manifestaciones de enero, en las que se produjeron al menos 5 muertos y cerca de 800 heridos, el Gobierno argelino multiplicó las medidas para apaciguar el descontento social.

Después de haber anunciado en abril una serie de reformas políticas, el presidente Abdelaziz Boutlefika decidió poner el acento en el poder adquisitivo, redistribuyendo parte del producto de la renta petrolera. Pero la elevada inflación limita los efectos de estas medidas económicas, mientras que las reformas políticas se retrasan.

Egipto:

Tras el levantamiento popular que derrocó a Hosni Mubarak, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas asumió el control del país en febrero. Pero las reformas políticas anunciadas entonces se retrasan, provocando durante el verano nuevas manifestaciones en la famosa plaza Tahrir. Las elecciones legislativas deberían organizarse en noviembre, antes de las presidenciales.

La transición política se complica por las graves tensiones religiosas que agitan el país. A principios de octubre, los enfrentamientos entre coptos (cristianos de Egipto) y fuerzas del orden, causaron 25 muertos y más de 300 heridos en El Cairo.

El juicio contra el dictador depuesto, acusado de corrupción y de asesino de manifestantes, comenzó a principios de agosto.

Emiratos Árabes Unidos:

En marzo, 130 intelectuales y militantes reclamaron en una petición que el Consejo Nacional federal (CNF), una asamblea consultiva sin poder legislativo, fuera elegido por sufragio directo y que dispusiera de “poderes legislativos y de control.”

Después de este primer movimiento de protesta, el Gobierno multiplicó el dispositivo de seguridad en las calles de la capital para evitar un incendio. A título de ejemplo, cinco militantes a favor de la democracia fueron juzgados por “haberse opuesto al sistema de gobierno” y haber “insultado” a los dirigentes del país.

Irak

Desde principios de año, un movimiento bautizado como “la revolución de la cólera irakí” ha organizado varias manifestaciones exigiendo “el cambio, la libertad y verdadera democracia” en el país.

Tras un mes de asambleas populares, “el día de la cólera” fue reprimido violentamente, con 16 muertos. A raíz de estos hechos, el Primer Ministro Nuri Al-Maliki dio 100 días a sus ministros para hacer los deberes en materia de lucha contra la corrupción y mejora de los servicios públicos.

Irán:

El Primer Ministro israelí Benjamín Netanyahu había advertido que la “primavera árabe” podría convertirse en un “invierno iraní”, pero, aunque efectivamente en abril hubo algunas manifestaciones en el país, el régimen del Presidente Ahmadineyad reprimió rápidamente la protesta.

Las autoridades temen un movimiento comparable a la “revolución verde” de 2009, a raíz de las protestas por la reelección de Ahmadineyad, que la oposición consideró fraudulenta.

Jordania:

El reino hachemita se enfrenta desde enero a un movimiento de protesta contra el rey Abdallah II. Para apaciguar los ánimos, el rey ha nombrado el 17 de octubre a un juez de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, Aoun Khassawneh, como Primer Ministro, una remodelación ministerial que estaba entre las principales reivindicaciones de los manifestantes.

Libano:

En marzo se organizaron diversas manifestaciones en el país, especialmente la marcha del “orgullo láico”, en cuyo transcurso los manifestantes reclamaron reformas del sistema político confesional. Más de 2.000 personas desfilaron para exigir el laicismo, el matrimonio civil y un Estado de Derecho.

Libia:

El 23 de octubre, el Consejo Nacional de Transición (CNT) proclamó oficialmente en Bengasi la “liberación” de Libia, tras 42 años de reinado absoluto de Muammar Gadaffi, capturado y muerto el 20 de octubre en –Sirte.

Después de siete meses de guerra civil, Libia debería formar en noviembre un Gobierno interino y un Congreso Nacional encargado de redactar una constitución. Según los responsables del CNT, la principal fuente del Derecho en la Libia post Gadaffi será la ley coránica.

Marruecos:

Después de cuatro meses de manifestaciones regulares del Movimiento 20 de Febrero, que encabeza las protestas, el rey Mohammed VI propuso una reforma constitucional, transformando la monarquía de Derecho divino en monarquía parlamentaria, que fue aprobada en referendum en julio y que refuerza notablemente los poderes del primer ministro.

Pero las protestas sociales no se han extinguido.La oposición, que había llamado a la abstención en el referéndum, denunció un “referéndum ilegal” y continuó reclamando apertura política. Está prevista la celebración de elecciones legislativas, pero aún no se ha determinado su fecha.

Omán:

Desde enero, se han producido amplios movimientos huelguísticos  en la región de Sohar, que se fueron extendiendo al resto del país. Las autoridades reaccionaron anunciando diversas medidas sociales, como la subida del salario mínimo o la creación de prestaciones por desempleo, y en marzo realizaron una remodelación ministerial.

El sultán Qabus Ibn Said, que dirige el país desde hace 40 años, también anunció una reforma constitucional que debería reforzar los poderes del Consejo legislativo.

Siria:

Desde el 15 de marzo, Bachar Al-Assad se enfrenta a un vasto movimiento de protesta, reprimido violentamente por el régimen. Los militantes a favor de la democracia exigen la salida del Presidente y la convocatoria de elecciones libres en un país que es gobernado por el partido Baas desde 1963, y por la familia Al-Assad desde 1971.

A pesar de la entrada en vigor de algunas reformas políticas aperturistas, como el levantamiento del estado de excepción, el Presidente sirio sigue ignorando las llamadas internacionales para que detenga la represión que, según la ONU, ha causado más de 3.000 muertos.

A finales de agosto, la mayor parte de las corrientes políticas opuestas al régimen de Damasco constituyeron el Consejo Nacional Sirio (CNS).

Túnez:

Diez meses después de la “revolución de los jazmines, que echó del poder al anciano presidente Zine El-Abidine Ben Alí, Túnez organizó las primeras elecciones libres el domingo 23 de octubre, un escrutinio histórico para designar a los representantes de la futura Asamblea Constituyente entre más de 10.000 candidatos. Los islamistas del partido Ennahda, reprimidos por el régimen de Ben Alí, pero legalizado tras la revolución, han sido los grandes triunfadores de las elecciones.

En el terreno judicial, un tribunal tunecino condenó en ausencia a Ben Alí y su esposa, Leila Trabelsi, a 35 años de prisión por robo y posesión ilegal de grandes cantidades de efectivo. En julio, Ben Alí y su yerno ya habían sido condenados a 16 años de cárcel por corrupción.

El impacto económico de la revolución tunecina se ha evaluado en 2.000 millones de dólares, el 5’2% del PIB.

Yemen:

Desde el 27 de enero, se suceden casi a diario las manifestaciones exigiendo la marcha del Presidente  Alí Abdallah Saleh, en el poder desde 1978. El movimiento iniciado por los estudiantes fue reforzado progresivamente por oponentes políticos, tribus importantes y hasta por parte de los generales del ejército.

A pesar de las promesas de apertura y un plan para salir de la crisis propuesto por las monarquías del Golfo, el presidente Saleh se negó a abandonar el poder, desencadenando una ola de violencia en pleno centro de Sanaa, la capital. El presidente yemení resultó herido y tuvo que recibir asistencia médica en Arabia Saudí; pero volvió a Yemen el 23 de septiembre. Desde entonces, se suceden las manifestaciones en las calles de la capital y el régimen continúa su violenta represión.



7.19.2011

Los voluntarios del rey Don Carlos

 

1

-- ¡Cagoendiós!

El requeté no supo qué lo asustó más, si el chorreón de sangre o el guantazo que le dio el páter.

Fue imprevisto. El rojo de enfrente debía de estar loco para asomar la cabeza lo suficiente como para mirar hacia aquí y, no sólo mirar, sino apuntar y disparar con la precisión necesaria para volarle la cabeza a Ibáñez a cuatrocientos metros. El soldado había recibido en la cara el  chorro de sangre de su vecino de trinchera; pero el cura, sin duda por reflejo profesional, se fijó antes en la blasfemia.

Y es que las cosas habían cambiado. La gente ya no se apretujaba contra los sacos terreros rezando por lo bajo como hacía un par de meses, sino que se encaramaba al parapeto para contemplar a sus anchas el bombardeo de las posiciones enemigas. Las escuadrillas de trimotores italianos se sucedían sobre el campo de batalla llevando su cargamento mortal hasta las líneas republicanas. Volaban sobre el tiro de la artillería y, allá adelante, uno no distinguía las explosiones de sus bombas y los cañonazos.

El día antes, el páter había acompañado al teniente coronel a retaguardia, donde los artilleros, y había visto todos esos cañones alemanes nuevecitos. Cada batería tenía unas fotos panorámicas de las trincheras enemigas, con los objetivos señalados y las marcaciones encima. Su trabajo consistía en echar las cuentas: puntería recíproca sobre goniómetro de mando, tantas milésimas de elevación, tantas de deriva, y cargar y disparar, cargar y disparar, cargar y disparar. Tarea mecánica para gente experta, porque la Artillería –no así la Infantería- conservaba a sus veteranos sin verlos diezmados en cada batalla.

El resultado era el infierno para los de enfrente. Dos o tres Ratas habían aparecido en el cielo poco antes, revoloteando entre los bombarderos, y hasta habían derribado un Savoia, que se vino abajo perseguido por una nubecilla de humo; pero habían tenido que retirarse ante los Messerschmitt, que eran más. El enemigo estaba indefenso y no le quedaba otra que aguantar en sus agujeros hasta que escampara la tormenta y justo entonces, conmocionados por las explosiones, salir a enfrentarse a las bayonetas y las bombas de mano; por eso nadie esperaba que uno tuviera los huevos de asomar la cabeza, apuntar y cargarse a Ibáñez. Mientras los camilleros venían a por el cuerpo, el páter se dirigió al requeté blasfemo:

-- Y ahora, ¿qué? ¿Vas a ir al asalto en pecado mortal?

-- Hombre, páter…

-- Te absuelvo sub conditione. Si vuelves, te me confiesas.

-- Gracias, páter.

La guerra estaba haciendo tolerante al capellán. De momento, hasta llevaba casco.

3.04.2011

Segunda guerra mundial en Libia

5.18.2010

Banderas victoriosas

Cuando terminé “El búnker de Conil”, me di cuenta de que le había cogido gusto al asunto y, como quien no quiere la cosa, empezaron a venirme temas a la cabeza. Aquí va el siguiente relato. Como queda dicho, no pretendo una narración histórica; sólo una narración verosímil.
1

Sonaron tiros en la puerta. El sargento Méndez se incorporó de golpe sin sentir el trallazo de la herida en el pecho. Fuera, gritos, golpes, confusión. La enfermera lo miró aterrorizada. Sus miradas se cruzaron un instante. Méndez saltó de la cama y se tiró por la ventana. Ella se quedó de pie en medio de la sala.
 
Se despertó jadeando. Aunque tenía los ojos abiertos, no vio nada. Por un momento pensó que se había quedado ciego; pero no, sólo era de noche. Respiró hondo sin quitarse de la cabeza los ojos de la enfermera. Era una tía maja, nunca supo su nombre. Era guapa, les cuidaba bien y Méndez debía de haberle caído en gracia, con su herida en el pulmón –un tiro limpio, sedal que decían los médicos- porque una noche se acercó a su cama y le hizo una paja silenciosa. Ahí seguían sus ojos, congelados en la oscuridad del barracón.

Ya sabía lo que venía después. Él escondido en un matorral, oyendo los gritos de la muchacha mientras los moros la violaban uno tras otro y la destrozaban con las bayonetas. Luego, más tiros y, después, dos fusileros que decían:

 
-- Aquí hay uno, mi alférez.


Y nada más. Se había despertado en el mismo hospital, con la diferencia de que ya no era camarada sargento, sino puto prisionero.

 
Hasta que un tiro lo mandó a retaguardia, Méndez había sido sargento de Ingenieros en el cuerpo de ejército de Tagüeña y se había pasado la batalla del Ebro tendiendo pasarelas sobre el río, luego fortificando cotas y, después, tirando las mismas pasarelas que había hecho antes. En el treinta y seis era maestro de obras y de la UGT. Cuando los fachas se sublevaron en Madrid, salió corriendo y se unió al tropel de gente que venía por la Corredera Baja, Tudescos y Desengaño a la calle de la Luna, do estaban los Sindicatos, para que le dieran un fusil y, de ahí, a Plaza de España, desde donde bombardeaban el cuartel de la Montaña con dos piezas del siete y medio. Cuando tomaron el cuartel, entró con su máuser en la mano junto a uno de Asalto. En el patio, sentados a una mesa, había varios oficiales que, según llegaban ellos, se dieron la mano y se pegaron un tiro en la cabeza.

Milicias, paseos por Madrid en el coche de unos señoritos enarbolando fusiles por las ventanillas; Guadarrama, la Universitaria, las barricadas de la calle Segovia… hasta que se apuntó al Quinto Regimiento. Lo único que, como era de la construcción, enseguida lo mandaron a Ingenieros.

 
Contuvo el aliento escuchando los ruidos del barracón. Los ruidos de ciento y pico tíos durmiendo: el vaivén de las respiraciones, el crujido de uno que se daba la vuelta en el jergón, alguien que rezongaba en sueños, otro que se masturbaba pensando en sabe dios quién, toses. Sabía que después de soñar con la enfermera ya no podría dormirse y, en efecto, así fue, La corneta tocando diana lo sorprendió despierto.


2


TARARIIIIIIÍ TÍ.

Ras, pum. El batallón se puso firmes. Así empezaban el día: después de pasar lista les hacían cantar el Cara al Sol. Los hijos de puta, sólo para joderlos.

-- Venga, rojos de los cojones, quiero oíros bien alto.

Y, hala, todos cantando de mala leche no sé qué mamonada de una camisa que una tía le había bordado a su novio falangista. Lo único, que ahora tenía su punto, porque cuando venía aquello de “volverán banderas victoriosas al paso alegre de la paz”, de pronto, todo el batallón subía el volumen y esos dos versos los cantaban a voz en cuello. El capitán era tan gilipollas que no se daba cuenta de lo que pasaba. Igual se creía que es que al llegar ahí empezaban a admitir que Franco era la hostia, o algo. Modestia aparte, era Méndez quien había empezado a hacerlo una mañana que estaba, como siempre, hasta los huevos de congelarse ahí, firmes en el patio. Al llegar a lo de las banderas victoriosas, se había imaginado la bandera tricolor y vociferó “volverán banderas victoriosas al paso alegre de la paz”. Al día siguiente fueron varios de su pelotón y al poco tiempo lo hacían todos. Esas chorradas te permitían creerte que aún conservabas un resto de dignidad.

Ahora sabía por qué nunca había ido a Burgos antes de la guerra. Ya lo decían, que Burgos tiene dos estaciones: el invierno y la del tren. Joder, qué frío. Los fachas habían puesto el puto campo de concentración en medio del páramo sólo para que, el que no la diñase de hambre, la diñara de frío. Cuantos más la diñaran, más pasta se embolsaría el capitán por las plazas de rancho. Y además se ahorraba fusilarlos.

Esa mañana, apareció el cura –el páter, tenían que llamarlo- un tipo alto y siniestro, con sotana negra, boina roja con borla dorada y una galleta en el pecho con la estrella de comandante. Se dirigió al capitán, que le saludó, y le dijo algo. El capitán asintió y se volvió hacia los presos.

-- A ver, rojos de los cojones, (no tenía un vocabulario muy surtido, el hombre) ¿alguno de vosotros sabe escribir a máquina?

Bueno. La ocurrencia del día. Bigotito, fusta, el cuello de la camisa azul asomando sobre el de la guerrera, con la manga izquierda, vacía, recogida con un imperdible, debía creerse que era un tipo ingenioso. La verdad es que siempre había algún pardillo que picaba: se alzaron dos brazos.

-- Venid para acá.

Dos presos salieron de la formación y se adelantaron. Se cuadraron ante el oficial, que se puso a dar vueltas a su alrededor, mientras los dos empezaban a pensar que en qué hora habrían aprendido a escribir a máquina.

-- Os creéis muy listos, ¿eh?

Silencio.

-- Os estoy hablando, rojos de los cojones. Os creéis muy listos, ¿no?

-- No, mi capitán.

-- ¿Cómo que no?, ¿qué pasa, que no sé lo que me digo?

-- No, mi capitán… sí.

Ya los había liado, ¿había que decir que sí, o decir que no, o no decir nada? Lo miraron desconcertados. El tipo levantó la fusta y se lió a hostias con el que tenía más cerca. Con la vena del cuello hinchada, le golpeaba con una rabia inesperada, jadeando, hasta que se derrumbó en el suelo, donde siguió dándole patadas hasta que el preso ya no se movió. El cura tampoco. Ni nadie.

Méndez ya se había dado cuenta de que el tío no sólo era un hijoputa, sino que estaba completamente loco. Le habría encantado poder pegarle un tiro. El capitán se metió por la formación, como buscando algo, mientras todos seguían en posición de firmes, mirando al frente y pensando furiosamente, “que no se fije en mí, que no se fije en mí”. Pero tuvo que fijarse precisamente en él. Claro: las gafas. Era el único que llevaba gafas; con un cristal rajado y una patilla sujeta con esparadrapo, pero gafas. Las gafas son un inconveniente en la guerra; pero, cuando estás en un campo de concentración, es aún peor: siempre se fijan en ti.

-- Tú, ven para acá.

-- A sus órdenes, mi capitán.

-- El páter necesita uno que le ayude a misa. Tú, que tienes pinta de intelectual, ¿sabes Latín?

-- No, mi capitán.

-- Pues has tenido suerte, porque a un rojo que sepa Latín, lo fusilo ipso facto. A ver, ¿de qué va a saber Latín un rojo?

Méndez siguió firmes, rígido, mientras una gota de sudor le corría –helada- por la espalda. El capitán le dio un empujón con la fusta.

-- Ahí lo tiene, páter. Tenga cuidado con éste, que parece un intelectual.

Lo decía como si tuviera la peste o algo así.



3


Sentado sobre un par de ladrillos que lo aislaban un poco de la humedad del suelo, Méndez untaba con un pedazo de pan mohoso el aguachirli que quedaba en la marmita. El rancho consistía en un caldo de nabos donde, si tenías suerte, pillabas flotando un indicio de patata, y medio chusco de pan. Una ración cojonuda para tíos que se pasaban el día picando piedra y explanando para hacer una carretera. Bueno, al fin y al cabo, se trataba de cargárselos sin hacer mucho ruido. Para eso, estaba bien.
 
Mientras trataba de no desperdiciar ni una partícula de comida que ayudara a mantener su cuerpo en funcionamiento, rumiaba lo que el páter acababa de decirle. Su rumiar fue interrumpido por la aparición de Valdés y Avelino, dos de su pelotón, que venían rebañando las marmitas con los dedos.

-- ¿Qué pasa, Ingeniero, qué tal de monaguillo?

-- Iros a tomar por culo.

-- ¿Te has confesado? Seguro que le has mentido al páter, si sigues vivo. ¿Te ha metido mano?

-- Que os vayáis a tomar por culo, joder. Bastante tengo ya con lo mío.

Sus dos compañeros lo miraron con sorna y se marcharon riéndose por lo bajo. La verdad es que reírse ahí, en el campo de concentración y con ese frío, tenía su mérito, hay que reconocerlo; pero la imagen de Méndez ayudando a misa vestido de monaguillo era para partirse, ¿o no?

El Ingeniero los miró alejarse y siguió pensando. Nadie lo sabía, claro, pero su humor tétrico no venía del ridículo que iba a hacer meneando las campanillas en misa, sino de lo que el cura le había propuesto en su despacho. Estaba acojonado. No era cobarde, lo tenía acreditado; pero, acojonado, estaba.


4

Méndez había seguido dócilmente al páter hasta su despacho, al lado de la capilla. La capilla era sólo para los fachas, claro. A ellos les hacían oír misa formados a la intemperie, así cayeran chuzos de punta. A veces, en medio de la celebración, alguno se derrumbaba y se quedaba allí tirado porque los demás tenían prohibido moverse. Algunos domingos, cuando el cura decía lo de “ite, misa est”, lo que había en el suelo era un cadáver.

El comandante páter se quitó la boina roja y la dejó sobre la mesa. Méndez observó que era muy bonita, y antigua, seguro: por arriba tenía un arabesco de galón de oro viejo alrededor del nacimiento de la borla, también de oro oscurecido por los años. El páter abrió un archivador, sacó un legajo y una botella de coñac; se sirvió una copa y se sentó detrás de su escritorio.

-- A ti te llaman el Ingeniero, ¿no?

-- A veces, mi comandante.

-- Páter, hijo mío, llámame sólo páter. Ahora no estoy haciendo de comandante, sino de cura.

-- Lo que usted diga, páter.

El sacerdote revisó el expediente sin prisa. Méndez vio de refilón hojas escritas a mano con diferentes caligrafías, formularios oficiales rellenos a máquina con tinta de color morado. Sin levantar la mirada, el páter le preguntó:

-- Tú estabas en Madrid cuando el Alzamiento, ¿verdad?

-- Sí, páter.

A Méndez se le dispararon todas las alarmas.

-- Eras de la UGT. –No preguntaba: afirmaba- Tú participaste en las perrerías que hacían los milicianos a la gente de bien. Estuviste cuando quemaron la Iglesia de San Miguel.

A Méndez empezaron a sudarle las manos. Recordó aquellos días de verano en el treinta y seis, cuando Madrid era un caos; cuando cualquiera con carné de un sindicato y una pistola era dios en la calle. Recordó a los curas entrando a culatazos en una camioneta. Recordó a sus compañeros, borrachos perdidos, haciéndose fotos con las casullas puestas mientras la iglesia ardía. Una de las fotos la hizo él mismo, que también estaba borracho. Los curas tenían la culpa de la situación de España, del atraso, de la opresión del proletariado, eso lo sabía; pero le jodió que quemaran la iglesia. Para él, como sindicalista, lo suyo habría sido incautarla: era patrimonio del pueblo.

El páter hojeó un par de papeles más.

-- Estuviste en una saca de la Modelo, en agosto del treinta y seis. –Por fin, levantó la vista y lo miró- Esto acaba de comprobarse.

Adoptó inconscientemente la posición de firmes. El cura le miraba fijamente, buscando sus ojos, que Méndez le hurtaba.

-- Así que te van a fusilar, ya te lo digo.

Intentó mantener la calma, pero el corazón le golpeaba el pecho cada vez más rápido. A duras penas conseguía reprimir el temblor que trataba de apoderarse de su cuerpo y robarle el último resto de dignidad que le quedaba. ¿Qué quieres?, era cuestión de tiempo. Lo sabía desde la retirada del Ebro. Desde que lo mandaron al campo de concentración en vez de fusilarlo en cualquier cuneta, estaba esperando este momento. En los barracones se cuchicheaba, cuando cada equis tiempo caras nuevas iban sustituyendo a los que se llevaban y nunca volvían: que tienen expedientes que viene todo, que preguntan a tus vecinos de antes de la guerra, que la gente delata a cualquiera, que todo el mundo dice lo que los falangistas quieren que les digan para que  la dejen en paz; que si el padre de Fulanito delató a Menganito para que no fusilaran a su hijo, aunque al final lo fusilaron igual, que si…

-- ¿No dices nada?

-- ¿Qué voy a decir?

-- Páter.

-- ¿Qué voy a decir, páter?

El cura se arrellanó en la butaca mirando su coñac con mucho interés. Dio otro sorbo y comenzó a liarse un pitillo. Lo que faltaba. Se iba a poner a fumar delante de él, para joderle más. Seguro que el muy cabrón lo hacía para ponerlo aún más nervioso. Se encendió el pitillo y preguntó, como quien no quiere la cosa:

-- ¿Tú conoces a uno que le llamaban Bocanegra?

Lo pilló tan de sorpresa que esta vez la mirada del páter encontró la suya. Supo que el cura lo había calado, maldita sea. Sus ojos lo delataban.

-- ¿Bocanegra? … Por ese nombre no me suena, páter.

¡Bocanegra! Menudo hijoputa el tal Bocanegra. Un cabrón de esos que habían soltado de la Modelo en julio del treinta y seis para hacer sitio a los fachas. Había conseguido un carné de la FAI y se había dedicado a hacer barbaridades por todo Madrid con una banda de hijos de la gran puta como él, todos delincuentes comunes recién liberados. Si Méndez hubiera tenido mando, los habría fusilado a todos sin pestañear.

-- No te suena… la voz untuosa del páter parecía decir: “qué lástima”- Bueno… Y… ¿te suena el padre Manuel?. el padre Manuel, de la Iglesia de Buen Suceso.

Méndez pensó a toda velocidad. No. No le sonaba. Por lo menos él no había fusilado a ningún cura, que él supiera.

-- No, páter, tampoco. – Esta vez no mentía.

-- El padre Manuel murió hace unos días, Ingeniero.

Eso alivió a Méndez. Por lo menos, no podían decir que lo había matado él. Pero, ¿para qué coño le preguntaba eso el cura, si ya le había dicho que lo iban a fusilar?

-- Te voy a contar una cosa… –el páter pareció dudar un instante- Siéntate. –Señaló el tabaco y el librillo, que estaban sobre la mesa- Líate un pitillo.
Era la primera vez que alguien le decía que se sentara desde que estaba preso. Fue incapaz de reaccionar y siguió allí de pie, como un pasmarote.

-- Siéntate, coño. –Empujó hacia él las cosas de fumar.

Se sentó en el borde de la silla y se lió apresuradamente un cigarro. El páter le tiró una caja de cerillas. Lo encendió y aspiró con avidez.



5.

Unos guardias civiles con el mosquetón al hombro daban patadas al suelo para calentarse los pies mientras se pasaban un cigarrillo. Los presos apaleaban tierra con las espaldas empapadas en sudor, el mismo sudor que luego se congelaba en cuanto se quedaban quietos. El encargado –un civil con camisa azul bajo el tabardo- le señalaba algo a Méndez en un plano que agitaba el viento.

Méndez pensaba que igual no lo fusilaban inmediatamente. Al fin y al cabo, él tenía cualificación, entendía de planos, y les venía muy bien para la obra. Asentía mientras el encargado le decía que el firme tenía que quedar así y así, para hacer una cama, que mañana venían unos camiones de grava.

Pero no podía quitarse de la cabeza a Bocanegra.

Recordaba una tarde del treinta y seis, en el bar del Ritz, que estaba con su gente tomando champán francés servido por unos camareros vestidos de pingüino y muy acojonados. Le encantaba esto; ellos con su mono y sus correajes, los pies encima de la mesa y el mosquetón al lado, y los camareros sirviéndoles champán. Se lo había dicho un compañero de Hostelería: que os vengáis al Ritz, no seáis gilís, que ahora es nuestro, coño; antes de que a los jefes se les pase el susto y se acuerden de que es sólo para ellos. Y allá que habían ido. Los camareros del hotel no tenían mucha conciencia de clase, ya se lo había dicho el compañero; pero los trataban como a señorones, aunque se veía que les tenían miedo. Méndez ya estaba un poco afectado. Levantó una botella de Dom Perignon.

-- ¡Compañero camarero! Trae otra de éstas, que no veas cómo entra, ¡la hostia!

Y, en eso, apareció en el bar Bocanegra con su patrulla, como él decía. Los coyotes proletarios, se hacían llamar. Ya ves tú, coyotes… por lo visto, al Bocanegra lo de coyotes le parecía más exótico que lobos o zorros o águilas, como se llamaban todas las patrullas.

Los coyotes entraron en tropel. Ya venían muy borrachos y asaltaron la barra, rompiendo copas y botellas. Empezaron a beber champán a morro. Bocanegra les gritó:

-- ¡Salud y revolución, compañeros!

Y se agenció directamente la botella que un camarero llevaba a la mesa de Méndez y sus hombres.

-- ¡Eh, compañero!, que es nuestra.

Bocanegra pareció dudar un momento si liarse a tiros o confraternizar. Eligió confraternizar: sonrió como un coyote, es un suponer, y se acercó a ellos.

-- ¡Qué vuestra ni vuestra!, ¿qué pasa? ¡La propiedad es un robo, compañeros!

Y se descojonó de su propio chiste. Agarró por el cuello de la chaqueta al camarero y le vociferó con voz pastosa:

-- A ver, tú, compañero, tráete pacá veinte botellas de cosa de ésta.

Se los veía, sí, muy borrachos y muy contentos a los coyotes. Se sentaron mezclándose con la gente de Méndez y siguieron bebiendo. Bocanegra estaba deseando tener público. le palmeó el muslo a Méndez y empezó a contar:

-- ¡Compañero!, venimos de quemar un convento. Ese de… ¡joder!, ni me acuerdo cómo se llama.

Los coyotes estallaron en carcajadas espurreando champán. Uno se cayó sobre una mesa, rompiendo más botellas y copas, lo que provocó más carcajadas.

-- ¡Y las monjas…! Chaval, qué tías, como que no habían follado en su puta vida, no veas… –Se agarró el paquete con las dos manos- Acojonante.


6.

Méndez, aparte de ser de la Construcción, tenía otras inquietudes. Antes de la guerra era de los que aprovechaban la biblioteca de la Casa del Pueblo y se leía todo. No sólo cosas sobre Lenin y Marx, también novelas, libros de Historia, de Historia Natural… Le gustaba aprender. Además, por entonces todavía era eso que se llamaba un proletario consciente, y pensaba que era su deber hacerse una cultura; que la cultura no era sólo para los burgueses, que era necesaria para hacer la revolución. Es decir, que siempre intentaba aprender cosas nuevas. Decía que de todo se aprende.

Pero una cosa era aprender cosas nuevas y otra sentir el ridículo que sentía de rodillas al lado del páter tocando unas campanillas, también ridículas, mientras el cura levantaba una especie de galleta que decía que era su Dios, y todo el batallón tenía que ponerse de rodillas en el barro para adorar a la galleta. La verdad es que, si no fuera porque sabía que lo iban a fusilar cualquier día de éstos, le habría parecido hasta gracioso. Tal vez fuera eso, el saber que vivía con tiempo prestado, lo que le permitía mirar las cosas con distancia. Le daba la impresión de ver todo desde fuera: al páter hablando en Latín con su galleta, al hijoputa del capitán comiendo una galleta más pequeña con cara de no haber roto un plato en su vida, a un batallón entero de ateos cagándose en dios porque la humedad helada les penetraba por las rodillas a través del pantalón harapiento, al postrarse ante la sagrada galleta. Y todo al son de sus campanillas, ni siquiera de un cornetín.


7.

El páter le había dicho que le iba a contar una cosa. Sacó un sobre del legajo, un sobre de buen papel, que tenía un membrete con un escudo muy raro, una especie de sombrero con borlas, y del sobre sacó un papel.

-- Esta carta es del sacerdote que confesó al padre Manuel y le dio la Extremaunción antes de que se muriese. Habla de ti.

Méndez se quedó pasmado. La idea de tener algún lugar en la correspondencia de los curas le resultaba totalmente irreal. Parecía que el páter estaba dispuesto a leerle la carta, pero se lo pensó mejor y se la alargó por encima de la mesa. La cogió. Leyó:

Querido hermano en Cristo: –decía la carta- El día siete próximo pasado, administré los Santos Óleos y oí en confesión a nuestro hermano Manuel, párroco que fue de la Iglesia del Buen Suceso de Madrid antes de la Cruzada. Nuestro hermano tenía un caso de conciencia que quiso compartir conmigo y que, en lo esencial, era el siguiente:

En el mes de agosto del treinta y seis, cuando la barbarie marxista campaba por sus respetos en Madrid y tantos hermanos nuestros en el Señor alcanzaron la palma del martirio por causa de la Fe a manos de los rojos, el padre Manuel, que se había ocultado en casa de una feligresa, la portera lo denunció y fue detenido por una banda de facinerosos comunistas y llevado a la cheka de Moratines. Según me contó, después de padecer toda suerte de vejaciones a manos de los rojos, lo sacaron de madrugada junto con otros desventurados. Él sabía perfectamente lo que eso significaba, es decir, que los iban a conducir a las afueras para fusilarlos. Me dijo que tuvo miedo, lo que es humano, pues no todos estamos llamados a aceptar pacíficamente el martirio, no ya a la muerte en sí, que significaba la unión con Nuestro Señor, sino porque había oído contar verdaderas atrocidades perpetradas sobre los sacerdotes por las milicianas antes de la ejecución. Al parecer, cuando salía con los otros desgraciados, paró junto a la puerta un automóvil pintado con consignas marxistas y las siglas de la UGT, un Studebaker, me concretó el padre Manuel, y del mismo descendieron unos milicianos. Nuestro hermano reconoció a uno de ellos, precisamente el que parecía ser el cabecilla, y lo llamó por su nombre.

Según me contó el padre Manuel, a ese miliciano lo conocía del barrio en que ejercía su Sagrado Ministerio y que, incluso había tratado de hacerlo volver a la Fe en alguna conversación. Aquí nuestro hermano me confesó que le conocía de una taberna del barrio en la que en ocasiones coincidían antes del Alzamiento, pues era regentada por la madre de la muchacha que realizaba las labores de limpieza en la casa rectoral. También me confesó nuestro hermano que, en aquellos tiempos, él tenía una predisposición tal vez excesiva al vino que se expendía en dicho establecimiento y que por ello, y porque no le cobraban, lo frecuentaba; igual que, al parecer, hacía el miliciano, y que fue precisamente en alguna de aquellas ocasiones cuando había hablado con él llegando a abordar el tema de la Religión.

Pues bien, el tal miliciano al verse así interpelado, se dirigió al jefe de los chekistas que conducían la cuerda de presos al martirio y le dijo que a ése se lo llevaba él, que era de su pueblo y que era cosa suya; dando a entender que había algo personal entre ellos, a lo que los chekistas accedieron entre chanzas de grueso calibre. Todo esto según me contó el padre Manuel. Según parece, los esbirros de la UGT metieron a nuestro hermano en su auto y lo llevaron hasta un lugar cerca de las Cortes. El miliciano le dijo al padre que se bajara y que llamara a la puerta de una casa, que luego resultó ser de la Embajada de Chile, que dijera quién era y que le tratarían como correspondía a su Sagrado Ministerio. Gracias a eso, salvó la vida.

El padre Manuel me dijoque le había preguntado al rojo su nombre para tenerlo presente en sus oraciones, a lo que el rojo había respondido que sí, que buena falta le iban a hacer, dadas las tristes circunstancias de bélica conflagración, aunque también le dijo, por lo visto, que seguía sin creer en Dios. El caso es que se lo dijo su nombre. El padre Manuel se acogió a la embajada y, mal que bien, sobrevivió hasta que las tropas Nacionales liberaron Madrid. En ese tiempo, confortó espiritualmente a los refugiados en el recinto diplomático y yo creo que, auxiliando con su Ministerio a tantas almas en peligro, se redimió de no haber aceptado el martirio cuando su hora parecía ser llegada.

El miliciano se llamaba Martín Méndez Tirado, alias El Ingeniero, nacido en San Martín de Valdeiglesias, provincia de Madrid; era de la UGT, del sindicato de la construcción, y vivía en la calle Desengaño. Lo último que supo el padre Manuel, que no dejó de interesarse por su salvador, era que se había alistado con los comunistas del Quinto Regimiento. Nuestro hermano me recomendó muy mucho a este hombre, rogándome por la salvación de su alma que, si estaba en manos de la Santa Madre Iglesia, que salváramos su vida, ya que se sentía en deuda con él.”

Al llegar aquí, el páter se estiró sobre la mesa y le quitó la carta a Méndez.

-- Ya ves, hijo mío. Tienes valedores en las filas de la Santa Madre Iglesia.

Méndez se había quedado de piedra. El cura ese borrachín de su barrio, el que quería tirarse a la Mati, la del tasco; que siempre le decía que así no iba a ninguna parte, que se confesara con él, que iba a ir al infierno, y todo eso… ¡Joder!, ¿cómo iba a dejar que se lo cargaran? Y ahora… Mira tú, ¡andá la hostia…!


8.

Bocanegra se había explayado. Al principio, les había hecho gracia cuando empezó a contar cómo habían llegado al convento y habían llamado a la puerta con mucha educación. Por lo visto, la hermana portera, viendo que ya no podían hacer como que no había nadie, salió a la puerta a decirles que allí no podían entrar. –Aquí los coyotes se meaban de la risa- Ya se sabe, cosas de las monjas; aunque estuvieran aterrorizadas, seguían comportándose como monjas. Pero no estaban preparadas para los coyotes. Una cosa es fantasear con el martirio y otra que te martiricen de verdad.

-- ¿Te acuerdas cómo chillaban porque les quitaba las tocas? –carcajadas- Joder, lo mejor era cuando le preguntabas a la vieja si era virgen de verdad, que había que comprobarlo para el expediente gubernativo. -Aquí lloraban de la risa contando cómo habían violado a la superiora que, por lo visto, acabó gritando muera Dios y viva Rusia. Una vez que dejaron a la jerarquía por ahí despatarrada en pelota viva lloriqueando sobre sus hábitos hechos un burruño, lo demás fue coser y cantar.

Méndez y sus hombres se miraban intranquilos mientras los de Bocanegra seguían relatando sus hazañas.

-- Y la chavala esa, que estaba buena, ¿eh?, que las monjas nos la tenían guardadita… ¿qué tenía, doce o trece? –más carcajadas- ¡Cómo chillaba la muy puta!

Méndez había cogido su fusil y había hecho una seña a su gente. Mientras, los coyotes seguían contando cómo habían violado una detrás de otra a todas las monjas, salvo a las más viejas, que se las cargaron directamente.

Ahora, Méndez no podía quitarse de la cabeza una imagen que tenía olvidada desde el treinta y seis, cuando se iban y el Bocanegra contaba cómo a la novicia de doce años no le entraba su polla y tuvo que agrandarle el agujero del culo con el machete.

Recordaba vagamente que había sacado la pistola para cargárselo de un tiro, pero que los compañeros lo habían agarrado y se lo habían llevado de allí.

No había vuelto a ver a ese hijo de puta en toda la guerra. Casi lo había olvidado. Hasta hacía unos meses. Estaban parados en una vía muerta. Un vagón de ganado lleno de presos, todos de pie, prensados como sardinas en lata muriéndose de calor. Algunos estaban muertos de verdad, pero no podían caer al suelo porque no había sitio. La peste era tan bestial que ya ni la sentían, todos cagados y meados porque hacía tres días que no los dejaban salir. El mismo tiempo que llevaban sin comer ni beber.

De pronto, con un ruido chirriante, se abrió la puerta del vagón. En su delirio creyó que ahí los bajaban –ya- para fusilarlos, y sintió alivio. Pero no. Era que iban a meter a más gente. Se encontró apretujado contra uno de los nuevos, un tío feísimo, con barba crecida y costrones de sangre seca en la cara. En su estado semiinconsciente, le pareció que lo conocía y le sonrió como un bobo.

Era Bocanegra.


9.

El Ingeniero se había quedado mirando al páter sin saber qué decir. Pensaba: pero, entonces… ¿me fusilan o no me fusilan? El páter le había dejado cocerse en su propio jugo.

-- Mira, Ingeniero: quiero a Bocanegra. –Méndez seguía mirando al cura sin saber qué decir- Tenemos buenas razones para pensar que está aquí, pero debe estar con nombre falso; habrá dado los datos de un muerto o lo que sea y no sabemos quién es. –Aquí hizo una pausa dramática- Si tú nos lo dices, yo me encargo de que no te fusilen.

A Méndez no le extrañaba lo más mínimo que los curas quisieran cazar a Bocanegra; si él mismo había estado a esto de pegarle un tiro, qué no iban a hacer los curas. Pero, claro, ¿cómo iba a entregar a un prisionero al enemigo, así, sabiendo que lo iban a ejecutar? Él no era un delator. su cabeza empezó a funcionar a toda velocidad, entre el sentido del deber y la supervivencia. A ver, ¿quién le garantizaba que el páter no iba a dejar que lo fusilaran una vez hecha la delación? Además, si los compañeros se enteraban de algo, era hombre muerto. Por otra parte, al fin y al cabo, nadie sabía por qué a unos los mataban y a otros no. Igual le tocaba a Bocanegra por la cosa de la mala suerte, lo fusilaban igual y a él también, por gilipollas. Aquí, ya se imaginaba compartiendo paredón con el ex-coyote proletario y gritando a dúo “viva la República” o “viva la clase obrera”, o cualquier otra gilipollez de esas que se supone que hay que gritar en su momento, mientras la descarga del pelotón los quitaba de en medio a los dos juntos. Se estaba poniendo histérico, mientras el sacerdote parecía ver a través de su cráneo. ahí, repantigado en su butaca, Optó por no comprometerse.

-- Veré si me puedo enterar de algo, páter.

-- Más te vale. No tienes mucho tiempo.

Y eso fue todo. De pronto, se hizo por completo incongruente que él, un prisionero, estuviera sentado delante del capellán. El momento especial había pasado. Se levantó.

-- Vete. Y ya sabes.



10.

El páter no volvió a mencionar la conversación que habían tenido. Cuando tocaba misa, lo mandaban a ayudar. Comprendió que era la excusa para que tuviera que estar cerca del cura sin que nadie sospechara; así que siempre ponía mala cara y de vez en cuando se permitía algún comentario en voz baja con los compañeros. Comentarios blasfemos, se entiende. De vez en cuando, le parecía sorprender al páter mirándolo, como de pasada; pero no le preguntaba, ni le metía prisa.

El Ingeniero recordó cómo, en aquél vagón de ganado, él y Bocanegra se recostaban uno en el otro intentando dormir de pie; o cuando se desmayaban de puro agotamiento sin poder caer al suelo. Recordó –y eso fue muy malo- que una vez que estaba a punto de dejarse morir, que estaba seguro de que le había llegado el momento y se iba a morir, Bocanegra, pegado a él como estaba, pisando los dos la misma mierda, le había dicho:

-- Aguanta, compañero.

Méndez le había mirado, idiotizado, y Bocanegra había esbozado trabajosamente una especie de sonrisa:

-- No les vas a dar ese gusto.

Siempre creyó que eso lo había salvado; que, si estaba vivo, era gracias a que Bocanegra, el cerdo, el hijo de puta de Bocanegra, el asesino, violador, torturador de Bocanegra, le había dado ánimos en ese momento clave en que estaba a punto de entregarla.

Haber recordado eso le ponía todo mucho más difícil, pensaba mientras ayudaba al sacerdote a revestirse para misa. Por fin, antes de salir de la capilla, el páter lo miró y le preguntó:

-- ¿Seguimos sin novedades?

Las palabras le sonaron como la explosión de una granada. Ahora, sí, se dio por muerto. Bajó la cabeza.

-- No es tan fácil, páter. Aquí hay mucha gente, y tampoco tenemos mucha libertad de movimientos.

-- Pues más vale que espabiles, que te queda poco tiempo. –El preso sintió un escalofrío- Sólo te digo que, si tienes novedades, me las digas. Cuando las tengas, puedes decir que necesitas verme. En cualquier momento, el capitán ya lo sabe. Había subrayado lo de “cualquier momento” de un modo muy peculiar; de un modo que sugería momentos nada agradables. Y próximos.


11.

El Ingeniero no había perdido el tiempo, todo hay que decirlo. No había vuelto a ver a Bocanegra desde que llegaron al campo, y se dedicó a localizarlo sin llamar la atención; cosa no tan fácil, aunque fueran varios miles de prisioneros, no sabía cuántos. Se decía que era pura curiosidad, que el cura le había despertado el interés por el personaje. Bueno. en todo caso, pasara lo que pasara, nada perdía con tenerlo controlado; al menos, saber en qué barracón estaba.

Y lo localizó. Quieras que no, era perro viejo y conocía a mucha gente. Lo que no quería era cruzar con él ni una mirada. Quería olvidar lo del tren. Todos querían olvidar aquel viaje en tren, cuando no eran hombres; pero él tenía sus propios motivos. Prefería concentrarse en que el tal Bocanegra era un exponente de lo peor del lumpen, recordar cuando él mismo había estado a punto de pegarle cuatro tiros. También intentaba recordar cuando él –Méndez- era un proletario consciente, o sea, que tenía consciencia de clase y leía libros y tal. Aunque verte a tí mismo como proletario consciente mientras ayudas a un cura a decir misa y tratas de borrar de tu mente en qué barracón está un tipo concreto, no es tan fácil como parece. También es verdad que sabía de sobra lo que le podía pasar si cantaba y alguien se enteraba. Eso era una ayuda, claro: puestos a morir, prefería morir ante el pelotón de fusilamiento y quedar bien, que ahogado por la noche o vete a saber cómo, como mueren los bocazas. El cabrón del páter parecía que le leía el pensamiento mientras le ayudaba a quitarse la casulla.

-- A ver, Ingeniero, si tienes canguis de que alguien se entere, yo me encargo de que te trasladen lejos, a un batallón de trabajo, a la otra punta de España, a Cádiz, por ejemplo.

Méndez no tenía familia. Cuando empezó la guerra tenía veintiséis años y no había llegado a casarse; ni siquiera tenía novia. O sea, novia, novia. Sus padres habían muerto en un bombardeo, que ya es mala suerte; pero eso le dejaba libre y le hacía más fácil tomar decisiones decentes. Sin familia, es más fácil mantener cierta dignidad: no piensas en tu mujer ni en tus hijos. No tienes esa necesidad de volver a ver a alguien, de preocuparte por ellos, por si tendrán para comer, por si tu mujer tendrá que hacerse la encontradiza con alguno para sacar unos cuartos o algo de comida para los niños… En su caso, no tener hijos le permitió decidir que no les iba a dar ese gusto. Si tenían que fusilarlo, que lo fusilaran; pero no podrían convertirlo en un traidor, en un puto chivato. No era por Bocanegra, era por él mismo, por su honor.

Tomó su decisión. Iba a callarse.



12.

Aún era de noche cerrada cuando el barracón se llenó de ruidos metálicos, los de armas y correajes en el silencio de cien hombres que aguantan la respiración. Su nombre fue el tercero.

Se levantó sin pensar, sin mirar a nadie, a ninguna parte. Se ajustó la ropa, con la aberrante idea de estar presentable y se alineó con los demás. Como siempre, nadie se movió. Siempre había fantaseado con la idea de una de esas veces, cuando vinieran a hacer la saca, amotinarse; lanzarse todos a la vez contra los guardianes y los guardias civiles, quitarles  los mosquetones y salir de allí a tiros. Habría sido fácil levantar a todo el campo. Habrían muerto algunos, muchos a lo mejor, pero ellos eran más. Qué cojones, todos eran soldados, había que hacerlo; lo harían.

Pero los prisioneros no hacen eso, entonces lo supo.

Nunca sería capaz de recordar el camino que siguieron hasta los terraplenes, ni en qué pensaba, ni si pensó algo. Sólo cuando se encontró junto a otros once presos a la luz de los faros de un camión, miró a su alrededor, como despertando.
Había un cura joven, que no conocía, con un libro en la mano. Lo miró. Dijo algo, pero tenía la boca tan seca que las palabras no salían. El cura se le acercó, le preguntó algo que no entendió. Méndez estaba desesperado, como en una pesadilla en que tu salvación depende de gritar y no puedes, porque no tienes voz. El cura volvió a abrir y cerrar la boca, pero él parecía haberse quedado sordo además de mudo. Por fin, consiguió escucharse a sí mismo:

-- Llame al páter.


Y Fin
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