4.27.2006

Química interna completo

MARGA:

Doce de la noche, viernes. Acabo de llegar al Lifter, un poco pedo, y me encuentro con Carlos y Julio. Me tomo unas cervezas y me río mucho. Julio cuenta una película que le ha pasado esta tarde aquí mismo: que se estaba enrollando con una tía que conocía de no sé qué, que había estado con ella en el cine y, cuando parecía que la cosa iba para alante, la tía le ha dado una hostia y se ha largado y que vaya calientapollas. Muy divertido todo. Sara, la camarera, se descojona, porque lo ha visto todo.

Me dicen que si me voy al Kandahar con ellos. Como yo ya estoy motivada, porque aunque sean las doce de la noche, yo sigo con las cañitas del mediodía, acepto. Acepto porque estoy motivada desde las cañitas del mediodía, aunque el sitio me repatea, y –principalmente- porque pienso que esta noche es altamente probable que me tire a Carlos. Cada vez que el se pone pedo me echa los trastos y, esta noche, tengo un gramo de perico muy bueno que me acaba de pasar Edu.

No nos metemos un tiro en el coche, porque no sé lo que piensa Julio del perico y, claro. Luego resulta que –por alguna extraña razón- él no se pone, pero le da igual: no tiene prejuicios. Carlos quiere marcha, es evidente. Pero ocurre que, nada más entrar en el Kanda, justo cuando le voy a pasar la papelina, nos topamos con Nuria -su ex con la que vive últimamente, y se lían a hablar.

Quien ahora muestra interés es Julio; de hecho se muestra receptivo. Le invito a unas cervezas y me da la brasa con sus rollos de cine y de montajes y de cómo se notan los efectos digitales. En un momento dado, me coge de la mano y me arrastra al fondo, hacia el escenario. Bailo un poco con él. Pero yo no quiero bailar. Yo lo que quiero es follármelo. Además, Julio está más bueno que Carlos, de hecho, es clavadito a George Clooney (parecido que explota ampliamente) y antes nunca se había mostrado receptivo. Y, claro, me aburro de bailar porque, a mí no me gusta bailar salvo que esté absolutamente borracha y, todavía, no lo estoy.

Lo que estoy es hasta el coño de música étnica y de ver a unos gambas que les entran a todas las tías (incluso a mí) y les tocan el culo y de que las tías (no todas, obviamente, pero muchas), encantadas. La clase de tíos a quienes yo no dejaría entrar en mi bar, si tuviera uno; pero, como resulta que son negros, les consienten todo, por la cosa del mestizaje y la multiculturalidad. Todo muy progre y muy mestizo: por eso aquí el tercio de Mahou cuesta cuatro veinte euros. Acabo sentada en el escenario con un marroquí al que conozco de vista desde hace años, pero con el que nunca había hablado. Me dice que está hasta los huevos de música étnica y que –tía- para él esto es como escuchar a Manolo Escobar. Muy esclarecedor. Obviamente, me siento hermanda con él.

Entonces, ponen algo que se puede bailar más o menos agarrado, así que rescato a Julio de las garras de un saco de huesos con el pelo rojo fosforito y muy progre, de las que están desesperadas y van a ver si consiguen hacérselo con uno de los negros que bailan tan bien y te tocan el culo, que deben tener vaya pollón, y sin tener que ir a Cuba y a que luego te líen (porque, al fin y al cabo, los pobres tienen que hacerse los papeles), y bailo con él. Le aprieto un poco (bueno, mucho) y trato, honradamente, de explicarle qué pienso de la situación.

Y justo en ese momento, aparecen Carlos y los demás y qué bien se lo están pasando y qué felices son (y qué pastillas más graciosas se han comido, supongo). Y vuelvo a mi charla con Abdelmalik, que es la única persona razonable que parece haber en las cercanías. Al rato, me levanto y me acerco a Carlos Y Julio y les pregunto qué planes tienen. Como están indecisos y yo hasta el coño del sitio y del mestizaje y de que me toquen el culo, y de haber invertido dieciséis euros ochenta en abrevar al Julio de los cojones, pues me abro y me voy.

CRISTINA:

Viernes. El viernes es un día especialmente duro. Viernes tras viernes, desde ni se sabe el tiempo, llego a la oficina de un humor guay, llena de esperanzas ante el futuro, pensando que todo va a ser estupendo, que lo primero que voy a hacer va a ser irme a un balneario. Llego, y Luis, el de Administración, me mira y me dice: "Ah, Cristina, hemos acertado uno; bueno, y el complementario". Yo creo que disfruta. Que le encanta hundirme la vida. Luego, como cada viernes, la imbécil de mi jefa desaparece. "Cristina, me voy a tomar un cafelito; ahora mismo vuelvo". Y se va a pintarla. O, por ejemplo, a la peluquería. Como hoy. Y, encima, mañana, que es sábado, me toca trabajar, porque ella tiene que firmar un informe para el Ministerio. Lo único que me consuela y me hace creer que hay un Dios es que ella también tiene que venir.

Consigo salir un rato antes para que me de tiempo de ir a buscar a Rubén al colegio. Llego a la puerta y me lanzo a por él, que está ahí, con sus coleguitas. "¡Sorpresa!, mira quién ha venido". Y él se pone colorado, me mira con cara de asco y, cuando vamos para casa, me dice: "¡Joder (toma niño, no digas tacos) Mami, ¿por qué te empeñas en venir a buscarme los viernes?" "¿No te gusta que Mami venga a buscarte?" "Pues no. Mis colegas se ríen de mí" Piensa. "Si, por lo menos, tuvieras coche... molaría". Y llegamos a casa, Rubén se enchufa a la pleisteision y yo me pongo a hacer la comida.

Antes me encantaba cocinar y hacía todas las recetas del Arguiñano, pero desde que estoy a régimen esto es un lío, porque yo intento hacer unos menús equilibrados y bajos en grasas e hidratos de carbono y el niño no hace más que quejarse y dice que tiene hambre, y su padre, en vez de apoyarme, se dedica a hablar con ojos soñadores de las lentejas que hace su madre, todas llenas de chorizo y grasaza, y yo intento explicarles que ésta es una sociedad enferma, de gente sobrealimentada y obesa y que sólo quiero que ellos estén sanos, pero ellos no me lo agradecen nada y, sin ir más lejos, el viernes pasado, Alberto terminó de comer y se fue muy serio a la cocina. Yo flipaba, porque me creí que iba a lavar los platos por primera vez en su vida y, cuando voy a ayudarle, porque estos hombres son unos torpes y lo mismo se cargaba el lavaplatos, pues, ¿qué? Pues me lo encuentro que ha cogido una lata de fabada litoral (que debía tener escondida no sé dónde), así, sin calentar ni nada, y se la estaba comiendo a cucharadas.

El viernes pasado, porque hoy ha llamado, que tenía una comida de trabajo y que no venía. Así que a luchar con el niño, que me monta el número de todos los días porque, no sé por qué narices, se empeña en decir que no le gusta el apio y yo: "venha, cariño, que el apio es sanísimo, que es muy bueno para el hígado y limpia mucho" y él, que está asqueroso y venga arcadas, y es que, claro, con todas esas películas americanas que ve todo el rato, que no comen más que hamburguesas... y yo le explico que la carne de las hamburguesas es todo química, que es de unos seres mutantes que tienen metidos en un cajón, que los manipulan genéticamente para que no tengan pelos ni plumas, ni huesos, ni nada y que los tienen llenos de tubos para alimentarlos con unas sustancias y piensa lo que deben sufrir, y que luego van directamente a la picadora, los pobres trozos de carne vivientes, y el niño se pone a llorar y sale corriendo y se encierra en su habitación y yo voy a decirle que cariño pero ahora qué te pasa, y el niño gritando como un histérico que me vaya, y se empeña en que no me quiere abrir la puerta y dice que como intente entrar que llama a la Policía por el móvil y yo, la verdad, es que no sé ya qué hacer. Al final va a tener razón Vanessa y voy a tener que llevarlo al Psicólogo porque es que esto no es normal, lo de este niño.

Y me tomo un par de cápsulas de valeriana, que me ha recetado el naturópata, porque es que me ha puesto de los nervios y me pongo a ver la tele. Echan un programa superinteresante sobre chicas que han superado la anorexia y cuentan sus experiencias, y la presentadora, que se pasea aabrazada a una carpeta porque seguro que no sabe qué hacer con las manos, lo que denota inseguridad, que lo aprendí en el curso de técnicas de comunicación del años pasado, presenta a una que descubrió su verdadera identidad sexual gracias a la anorexia y que dice que la anorexia no es una enfermedad, sino una opción legítima para realizarse como mujer, y acaba discutiendo a gritos con otra invitada que acaba de publicar un libro que se titula "¡Tú eres la bomba!" que le pregunta que, si es una opción legítima, que entonces por qué está hecha una vaca y, la otra, que no está gorda para nada y que –además- que ha madurado en sus planteamientos y que su compañera le ha ayudado mucho gracias al yoga egipcio, que es profesora de yoga egipcio y tibetano en un centro de mayores de la Comunidad y que le recomienda el yoga egipcio a todas las mujeres que se ven gordas, que realmente no están gordas y que la culpa de todo la tienen los hombres, que para algo todos los diseñadores de moda son hombres y la otra le dice que, bueno, hombres...

Y en eso viene Rubén con el móvil en la mano, mirándome con desconfianza, y me dice que le acaba de mensajear Borja y que si le dejo irse con él, que su madre los lleva al parque de atracciones y que si puede quedarse a dormir en casa de Borja y yo, claro, pues le digo que no, que porque se quede en casa con su madre de vez en cuando, no pasa nada, que a estos niños, como que la vida familiar no les importa. Claro, con todas esas películas americanas que ven y esos juegos de la pleisteision, y además hay que disciplinarlos un poco, porque, si se acostumbran desde pequeños a hacer lo que les dé la gana, luego de mayores ya no tienen remedio, y así están las cosas, que los padres no se preocupan de sus hijos y luego, pues claro, les salen anoréxicos.
Y entonces suena mi móvil y es la madre de Borja que, venga, que viene a buscar a Rubén y se los lleva al parque de atracciones, y Rubén se queda a dormir en su casa. Y me dice muy pícara que así Alberto y yo estamos solos un rato, je je. Y, bueno, al fin y al cabo, no está mal que Alberto y yo tengamos una noche para nosotros solos de vez en cuando... Y cuando la madre de Borja se lleva a Rubén, ("Y, por favor, que no coma porquerías de esas, se ponga como se ponga". "Que no, mujer, no te preocupes". "Sobre todo, hamburguesas". "Que no, mujer, ¡huy! Hamburguesas, qué horror". "Ni algodón de ese de palo", "Que, no, venga, hale, adiós, hasta mañana".)

MARGA:

No tengo muy claro dónde pienso moverme, pero paso por Tribunal y está todo lleno de jovencitos y jovencitas sumamente borrachos que beben a la intemperie. Y da la casualidad de que, nada más bajarme del pelas, me doy de bruces con Pachi, el hijo de Mamen que –según mis cálculos- acaba de cumplir dieciocho años. Y me grita "¡Marga!" y llega y me planta un beso en todos los morros, digo yo que por molar con sus colegas, y me presenta a un montón de pipiolos de cuyos nombres no llego ni a enterarme, y me pasa un mini de plástico lleno de segoviano-coca, y le doy unos tragos. Y me siento en un banco y él viene y se sienta junto a mí, muy apretadito, y me pregunta qué hago. Y yo: "Pues ya ves, hijo: beber". Y él se ríe, y sus rastitas bailan a un lado y otro, y me acaricia la cara y se levanta. Con el mini. Claro: yo soy una profesional y me había quedado el mini. Y me planteo algunas cosas que nunca me había planteado, porque es el hijo de Mamen y porque –hasta ahora- no tenía dieciocho años, pero ya si. Y me acerco, y recupero el vaso. Y una imbécil con granos y el careto como una ferretería dice algo relativo a que yo no he puesto, mientras que otro enano le mete algo en la boca y ella hace visajes. Y le digo a Pachi que, claro, algo habrá que poner, pero él me dice que qué va, que él me invita, por todas las veces que yo le he invitado a él. Y lo dice lo suficientemente alto como para que lo oiga la imbécil de los granos (aunque yo no recuerdo haberle invitado jamás a algo que no fuera un cacaolat, o así).

Y vuelve a arrimárseme y me pregunta al oído si quiero una raya. Y yo no sé si he oído bien, y le pregunto atónita que si tiene coca, y me dice que coca, no, que speed, muy bueno (claro está: yo no alcanzo a comprender qué puede ser eso de un speed muy bueno) Lo malo es que él se me ha vuelto a sentar al lado y el frote de su muslo dieciochoañero me está produciendo un calentón incontrolable. El, el muy cabrón, lo nota y me sigue diciendo cosas al oído y yo noto el calor y la humedad de su aliento en mi oreja. Y decido tirarme al charco y digo que bueno, que vale: que una raya (Me da corte decirle que yo tengo un gramo de coca cojonuda, y no la mierda de spped que me voy a meter, pero, claro, a ver si luego se entera su vieja y la cagamos...) Y le digo que le invito a algo en el bar de enfrente, que tiene (como sé desde hace miles de años) el water abajo y, en fin, pues eso.

Y allá vamos: él tan pimpante, mirando por encima del hombro a sus colegas, que se va con una amiga de su vieja la mar de enrollada y que debe tener mazo pasta, que para eso tiene casi cuarenta tacos y que, encima, hasta está buena, la tía. Y yo como si la cosa no fuera conmigo. Y ¿qué quieres? Ron coca, ¿Cacique? Cacique, vale. Y yo beefeater con tónica; me exprimes medio limón, ¿vale? Gracias. Y nos bajamos al tigre, y él se hace dos lonchas en mi cartera, muy profesional. Y nos las metemos, y él lame minuciosamente mi cartera al terminar. Y me mira con los ojos brillantes, y me lanza la mirada más lasciva que he recibido en mi puta vida, y me devuelve la cartera y se lo piensa mejor y me la mete él mismo en el bolsillo del pantalón y, claro, ya está bien, así que le cojo y le pego un achuchón y él echa la cabeza para atrás, así, y pone cara de seductor y tioene los dientes relucientes y nos pegamois el morreo del siglo y, mientras le exploro el esófago con la lengua, meto la mano bajo su camiseta negra, y bajo el pantalón, y bajo los calzoncillos y, ¡Dios! Tiene la polla dura de verdad (vosotras me entendéis) y, para cuando me quiero dar cuenta, me ha subido la blusa y me ha descojonado el sujetador y me está pegando unos bocados de la hostia en las tetas (que todavía no están nada mal, todo hay que decirlo) Y me estoy poniendo tan cachonda que hasta me acojono. "¿Qué pasa, no te gusta?" Y yo: "Claro". Da igual, porque en cuanto me vuelven a entrar las ganas, atruenan unos golpes en la puerta y es el camarero y yo finjo estar cagando y digo que ñññggghh ya va, joder, ya va. Y por una vez parece que se lo traga. Y espero un momento (pensando si invitarle, por fin, a probar algo bueno, pero me digo que mejor no, que no soy una corruptriz de menores) y salimos.

Y nos tomamos las copas muy pegaditos, y él me frota el muslo en todo el bebe y me dice si quiero probar su copa (como si yo no hubiera probado en la vida un ron con coca) y lo pruebo, porque me la ofrece justo por donde está la marca de sus labios, y parece que, desde luego, algo ha surgido entre nosotros y que –desde luego- me lo follo. Pero no, porque, como soy una subnormal, de repente me da mal rollo, porque yo a este niño lo he conocido casi en la barriga de su madre (a quien, por cierto, también me tiré en su momento. Bueno, y a su padre) y, joder, no es plan, y cuando aparece la gilipollas de los granos y los hierros por la cara, hasta me da penita y, cuando me preguntan si me muevo con ellos a no sé qué plaza donde deben estar otros enanos de cuyos nombres no llego a enterarme, poniéndose ciegos y tocando el tambor, digo que no, que yo ya estoy mayor y que me repliego. (En parte, porque no vaya a ser que me encuentre con mi hijo, pero, obviamente, eso no lo digo). Y él me mira con ojos de cordero degollado y yo estoy a punto de terminar de cagarla, pero –como soy , de verdad, gilipollas- en lugar de decirle que se venga conmigo y acometer toda clase de barbaridades sexuales los dos juntos, pues pongo cara de Teniente Ripley, saludo, apuro el gin-tonic, y me abro.

CRISTINA:

Pues, nada más irse el niño, me llama Alberto para decirme que la comida de trabajo se ha alargado, que ya sé lo que pasa, que tienen una reunión para preparar no sé qué cosas de una estrategia y que me llama cuando acabe. Y yo cuelgo muy despacio y me quedo triste... Me digo que ya, que la comida se ha alargado. Como siempre. Lo que más me duele es que se cree que me engaña. Hace tiempo que sé de qué van estas comidas de trabajo: el muy canalla seguro que se ha comido unas lentejas con chorizo o un cochinillo grasiento o algo así y está hecho polvo.

En la tele, la gorda que no está gorda del yoga egipcio está tirando de los pelos a la de "Tú eres la bomba" mientras el público aplaude. Cambio de canal y hay un programa sobre mujeres que han descubierto que sus hijos son gays, pero como éste ya lo echaron ayer en otra cadena, zapeo. En otro canal hay un programa sobre mujeres maltratadas y las secuelas psíquicas que tienen y una de las invitadas que habla muy bien, porque la semana pasada salió en otro programa sobre mujeres que han montado su propia empresa, explica como pudo salir del infierno en que vivía gracias al tarot de los ángeles, que le dio claridad para ver que, en realidad, no estamos aquí solas, y que descubrió que su ángel se llama Manuel y, cuando su marido la pegaba, le avisaba un segundo antes: "Puñetazo, Dalia" y ella lo esquivaba y "gancho corto de izquierda" y, ¡zas! quiebro y así: "atención: patada en el bebe (¡huy!)", "directo", "uno dos" y el marido dejó de pegarla y, por lo visto, decidió pegarle un tiro, porque además, el muy canalla era cazador, y que intervino el ángel (Manuel) y se le disparó la escopeta en un pie, y la herida se le gangrenó y le tuvieron que cortar la pierna y se quedó en la operación ("Le estuvo bien empleado por maltratador", dice otra invitada "Huy, pues encima me insultaba, me llamaba puta loca") y, desde entonces, Manuel (el ángel) se le aparece por las noches. "¿Y cómo es, Dalia?" (yo juraría que la semana pasada se llamaba Marta, creo) –pregunta la presentadora, muy seria- "¿Qué aspecto tiene el ángel?". "Es incorpóreo". "¿Incorpóreo?". "Incorpóreo. Es un espíritu puro, porque viene de otro plano, ten en cuenta". "Ah". "Y viene por la noche a mi cama y me da paz". "¿Te da paz?". "Me da amor". "Ya".

Y se van a publicidad. ¡Caray! Debe ser la pera que un ángel te dé amor, ¿que no? Y me acuerdo de que no he tomado el prozac y me lo tomo, y mientras sigue el programa, cojo un libro superinteresante que me estoy leyendo, de una científica americana, sobre el orgasmo en la mujer. Por lo visto, resulta que sólo hay orgasmo cuando se contrae rítmicamente el músculo pubocoxígeo y que muchas mujeres lo tenemos atrofiado por falta de uso, y hay un aparato, que se llama el pubocoxímetro, que tiene una pieza... pues así... como alargada, que se hincha, y hay que metérsela en el chichi y tiene una pera y como un reloj, ¿no?, como un chisme de tomar la tensión y, entonces, lo hinchas a tope con la pera y te pones a apretar el músculo pubocoxígeo rítmicamente mientras dices "¡Aahh!, ¡Aahh!" y en el reloj te marca la fuerza que haces y, así, ejercitas el músculo por si alguna vez tienes un orgasmo. Y vienen unos dibujos muy detallados de cómo hay que usarlo y, la verdad, es la mar de excitante. Y la verdad es que no sé dónde está ese músculo.

Así que me pongo a buscarlo con el dedo, mientras miro el dibujo y aprieto como dice el libro y, entonces, ¡mecachis! me suena el móvil y es Vanessa, que si nos vamos al cine y yo le digo que, claro, que no, que estoy en casa esperando a Alberto y ella me dice que por eso; que como Alberto y Adolfo están en la reunión esa de la estrategia y seguro que acaban tarde, que nosotras nos vamos al cine y yo, que pues no sé, pero ella me convence; que seguro que estamos de vuelta antes de que lleguen ellos, que ya sé qué pasa con las reuniones de los viernes. ¿Y qué vamos a ver?, pues que ella había pensado que esa que acaban de estrenar de Brad Pitt, que se llama no sé qué, en inglés, que vio el trailer el otro día y parece superinteresante y bueno, pues vamos. Y yo llamo a Alberto al móvil, pero está apagado o fuera de cobertura y, claro, si está en la reunión, lo habrá apagado. Lógico. Y le dejo un mensaje de que me voy al cine con Vanessa y que se lo diga a Adolfo también.

MARGA:

Y paso por lo que era el Sol, pero, como ni es el Sol ni hay nadie conocido, acabo en las Fauces del Dragón. Y al entrar me miran raro, porque no hay nadie a quien yo conozca. Y me acuerdo de que no llevo el pelo suelto y camiseta de Extremoduro y vaqueros viejos, como sería lo normal, sino que voy toda peinadita y con traje de chaqueta porque todavía vengo directamente del curro y se me había olvidado que esta mañana –en un hueco- había ido a la peluquería. Y menos mal que me encuentro con el Fundi, el de la Taberna del Cura, porque la gente me miraba raro; pero como el Fundi lleva rastas y tatuajes, el personal decide que debo ser una persona normal que, por alguna extraña razón, se ha disfrazado de Ana Pati Botín y pierden el interés en mí. Y me fumo un peta con el Fundi y su chica, y se van.

Y me deja con Luigi el Katanas, el gorila del Yahoo, y unos colegas suyos. Como me acuerdo de que tengo un gramo de perico en el bolsillo y ya estoy en plena fase de exaltación de la amistad, se lo comunico y empezamos a desfilar al water. Hablando hablando, decido afearle su conducta al Katanas: su conducta de la otra noche, cuando acabaron varios en su casa y a él se le fue la olla y acabó poniéndole a Miguel una –eso- katana en el cuello. De todas formas, le dejo claro que a mí las katanas me la soplan, que prácticamente nací con una. Y como ya le habían contado algo, me mira con otros ojos, porque a él, eso de que una tía sea cinturón negro de algo, desde luego, le pone.

Y van a cerrar y nos trasladamos a la Aurora, que es uno de los garitos más deleznables de Madrid: un sitio de lavar pasta la mafia búlgara, vale, pero está abierto a las siete de la mañana. Yo creo que no debe ser tema de drogas, qué va: yo creo que coches robados, armas y cosas así: cosas de gente mayor. Y hay un tío muy bien presentadito que se nos ha pegado en las Fauces, que parece receptivo, aunque yo sé –por supuesto- que a lo que es receptivo es al perico que tengo. Yo ya estoy completamente pedo, y el tío más. Nos bajamos al water a ponernos una loncha y el gorila, que es asquerosamente recto, baja al poco a montarnos el pollo, claro, porque éste es un sitio decente de mafiosos búlgaros y no quieren líos por gilipolleces. Y, aunque ya le he metido mano un poco al tipo éste tan guapito, también se que, de follar, nada, porque para cuando decida darse cuenta de que estoy deseando abrir las piernas, ya no se le levanta ni con grúa. En fin, me podrá comer el coño o algo...

Y volvemos arriba con los demás, y no me acuerdo de qué le he dicho, pero el tío va y se levanta y empieza a dar volteretas laterales por el bar mientras dice "¡HOP!" y acaba pegándose un guarrazo del copón. Y el gorila le llama al orden con cara de que joder, qué pesados. Y como se me ha acabado el perico, se baja al water con un tipo que si tiene (igual hasta resulta que era maricón, y yo perdiendo el tiempo). Y el Katanas está completamente histérico y a punto de hostiarse con uno que le había empujado sin querer o algo así, y le frenan sus colegas (yo no, porque me la suda lo que le pase y, si le rompen la boca, pues mejor; de hecho, me encantaría verlo)

Y luego se van todos. Y el bar se va quedando vacío y lleno de mierda por el suelo. Y le pido a Katia otra cerveza –la última, anda- y me la pone con mala cara, no sé si por la gente que frecuento o porque no tiene muy claro que tipo de relación tengo con Miguel, que se lo está follando por esta época. Y se me acerca una tipa de veintipocos con pinta muy normal y empieza a pegar la hebra conmigo. Y le explico que no pierda el tiempo, que yo no soy torti y esta noche ni siquiera tengo curiosidad de explorar nuevos horizontes. Y ella insiste y dice que de qué hablo, que sólo quiere tomarse una cerveza conmigo. Y le digo que, si paga ella, que bueno; porque, ya que le voy a aguantar la charla, por lo menos que invite. Y me larga un rollo sobre la soledad y sobre lo superficial que es la peña y lo difícil que es encontrar personas inteligentes (en esto, de acuerdo) y que si quiero comerme una pasti con ella, y yo le digo que no, que si se ha creido que soy una drogadicta, y sigue rajando la tía y yo la escucho porque me da un poco de pena, mientras me bebo la cerveza. Y, cuando la termino, le doy una palmadita en el hombro y me piro.

CRISTINA:

Y estoy en la cola del cine, esperando a Vanessa, y me encuentro a un chico que conocimos en la última fiesta de la empresa de Alberto, que dice Vanessa que se parece a Yors Cluni, que trabaja en cine o publicidad, o algo de eso, y me dice que ¡Hombre!, ¿qué tal?, y me da dos besos y que si voy sola al cine y le digo que no, que estoy esperando a Vanessa (y –oye-, si que es clavadito a Yors Cluni) y, justo entonces, me suena el móvil y es Vanessa, que hija, que lo siente muchísimo pero que le acaba de llamar su madre cuando venía para acá, que el niño se ha puesto malo y que se tiene que ir a casa de su madre y que no puede venir. Y Julio, que resulta que se llama así, me sonríe y dice que podemos ver juntos la peli, y yo digo que bueno, que vale. Y la verdad que tiene razón Vanessa que es guapísimo.

Y mientras esperamos para entrar, me explica que en realidad viene a ver la peli por tema de trabajo, para estudiar el montaje y yo le digo que "ah". Y durante la película, me roza por casualidad la mano en el brazo del asiento un par de veces y, otra vez, cruzo las piernas y él también, y como las cruza al revés que yo (eso es genético, hacia qué lado cruza una las piernas, lo leí en el Muy Interesante), nos tocamos los pies y, otra vez, me coge la mano para que me fije y me dice al oído que fíjate cómo monta la secuencia, y otra vez, me pone la mano en la rodilla, para que me fije también, cómo se ha notado que eso es un efecto digital, y yo no me había dado cuenta, pero la verdad es que es superinteresante. Y termina la peli y salimos y me dice que si nos tomamos algo, y yo, que no, que tengo que volverme a casa. Y le iba a decir que va a volver Alberto, pero, no sé por qué, no le digo nada y, bueno, que me va a llevar a un sitio que conoce aquí al lado. Y yo pienso que me ha molado cuando nos tocábamos los pies en el cine. Y me tomo un par de cápsulas de hipérico, que no sé para que vale, pero las llevo siempre en el bolso.

Y llegamos a un bar que se llama el Lifter, que tiene poca luz y está lleno de fotos de actores dedicadas, y carteles de cine, y un montón de cosas más de cine. "¿Qué quieres?" "Pues..." No sé qué pedir, porque yo no bebo nunca, y debo parecer una tonta, así que pido un Pampero con coca, que es lo que pide siempre Vanessa cuando salimos; "Pampero no me queda, ¿Cacique?". "Cacique, vale". "Y yo un Balantains con Yinyereil". Espero no ponerme piripi, porque yo no bebo nunca, pero me encuentro superagusto, y el sitio éste es superbonito. Y brindamos, y Julio me mira a los ojos y dice: "Por ti", y yo me pongo colorada, y él me levanta –así- la barbilla con la mano y me dice que hay que mirarse a los ojos, que dicen los alemanes que, si no, te pasas tres años sin hacer el amor. ¡Hacer el amor!, caray, los alemanes. Segureo que nota lo colorada que me he puesto. Y hablamos de la película y del cine y de las productoras, y resulta que Julio conoce a mogollón de gente superfamosa, y le digo que qué trabajo tan interesante, no como el mío, y me habla muy cerca y me dice que es muy fácil dedicarse al cine, que sólo hay que tener dotes... Y los contactos, y me pone la mano en el hombro, y yo no estoy muy segura de lo que tengo que hacer, pero ya me he terminado el cubata y la camarera nos ha puesto otros dos, sin decirla nada.

Y Julio me ha echado el brazo por encima del hombro, y me cuenta que está preparando una peli nueva y que hay un papel que parece que está pensado ex profeso para mí, y jugando, ha metido el dedo por la cintura de mi pantalón y, con el dedo, me acaricia la cadera, y se me ponen los pelos de punta. Y le aparto un poco y le doy otro trago al cubata y tengo la blusa salida del pantalón por ese lado, y él sigue hablándome al oído de la película y siento su mano bajo la blusa, y me acaricia y cada vez está más cerca, y su mano sube, y me roza la teta y yo no sé qué hacer, porque noto como unas cosquillas y debo tener una sonrisa de imbécil, y me cae una gota de sudor por la espalda y él acerca lentamente su boca a la mía, y yo de repente me digo "¡Cristina! ¿qué coño estás haciendo?" Y me aparto de golpe y le pego una hostia con todas mis ganas: "¡Cerdo! Pero ¿tú qué te has creído?". Y agarro el bolso y salgo corriendo del bar y lo dejo ahí plantado. Y juraría que oigo a la camarera que se ríe de algo.

Y me tomo dos cápsulas de valeriana para tranquilizarme. Y cuando llego a casa no hay nadie. Y me siento como el culo todo el rato. Miro el contestador: "Cariño, soy yo. Oye, que la reunión se está alargando. En seguida voy". Me siento superculpable. Me acuerdo de que esta noche no tenemos niño y decido darle una sorpresa a Alberto: Una cena romántica: Preparo una ensalada de brotes de soja con apio y tofu. Unas velitas. Y saco las medias negras y el liguero que me regaló mi jefa, que estaban ahí sin estrenar, y el sujetador negro... Y me tomo dos píldoras de guaraná y espero. Y, cuando me quiero dar cuenta, resulta que me he quedado dormida en el sillón. Me despierto y me voy a la cama, con mi liguero y mi tortícolis.

Y estoy durmiendo y sueño que viene un ángel a visitarme y que me hace cosas. Y es muy excitante, y me encuentro superbien. Y, de pronto, me despierto, porque tengo algo metido en el culo y es Alberto, que está ahí, estrujándome las tetas y moviendo la polla a toda hostia y, cuando le voy a decir que le quiero, pega un resoplido, dice "¡Hostia!" y se corre y se queda un momento así, como tieso, y, sin más, se da la vuelta y se pone a roncar panza arriba, y le huele el aliento a cerveza y tabacazo.

Y yo me pongo a llorar como una tonta y pienso que soy gilipollas y me pongo a hacerme una paja pensando en el tal Julio, que me come el coño, y me lo hace muy despacito y me dice cosas bonitas y... pues yo también digo ¡Hostia! y me corro como una bestia. Y el tipo ese que está a mi lado ni se entera. El sigue a lo suyo, a roncar.

MARGA:

Y el sol me da dos puñetazos en los ojos, dado que resultan ser las diez de la mañana y he perdido las gafas de sol. Repto hasta un bar normal. Pido un café con leche. Ignoro las miradas de asco del camarero, que (sin duda) está esperando que perpetre alguna inconveniencia. Me tomo el café, pago, y me largo. Pillo un pelas que pasaba por allí y me voy a casa a echar la raba y darme una ducha. Me hago una paja y, la verdad, si hubiera empezado la noche por ahí, igual me había quedado en casa tranquilamente. Mientras me seco, miro el reloj y me visto a toda hostia y salgo corriendo y me cojo otro taxi para el curro, que es tardísimo y se me había olvidado que, aunque hoy es sábado por la mañana, he quedado en el despacho, que tengo que firmar un informe para el Ministerio. Y llego y vomito trabajosamente el café de máquina que he cometido la imprudencia de bveberme al llegar. Y estoy sentada en mi mesa, absolutamente verde y queriendo morirme, cuando

(Entra CRISTINA con un montón de papeles en los brazos y los deja de golpe sobre la mesa)

CRISTINA: Hola MARGA.

MARGA: Hola Cris.

CRISTINA: El informe. ¿Me lo firmas?

MARGA: Claro, claro...

CRISTINA: (Le da un bolígrafo. MARGA firma) Y aquí, ya sabes ... Y aquí. Y aquí.(CRISTINA se dispone a salir con el informe firmado. Parece pensárselo mejor y se dirige a MARGA)

CRISTINA: ¿Te tomas un cafelito?

MARGA: (sorprendida) Vale.

(MARGA se levanta para irse también. De pronto, suena el teléfono. Ambas lo miran y pasan totalmente de cogerlo)

CONTESTADOR: (Voz de MARGA) Plan Nacional sobre Drogas. Margarita Pérez, Asesora Técnica.

(MARGA y CRISTINA se miran, sacuden la cabeza y salen)
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